Javier Domínguez, un profesor jubilado de Talaveruela, nos ha enviado un precioso texto sobre las esculturas del artista Juan Antonio Paniagua instaladas en el Parque de Las Cabras de Losar. Son cuatro creaciones etnográficas realizadas con piezas de labranza y de la vida tradicional.
Las esculturas fueron instaladas a finales de enero de 2024 y se denominan Ceres, Vegetación, La Esfinge y Guardián de la Sierra.




Estas figuras llamaron tanto la atención del profesor que ha querido poner por escrito las sensaciones que ha tenido ante esas nuevas obras.
Damos las gracias a Javier Domínguez por enviarnos su relato. Os lo dejamos a continuación.
“Iba yo el sábado pasado al supermercado Día de Losar a comprar dos paquetes de pimentón agridulce que me habían encargado y alguna otra “cosina” y justo enfrente, al lado del monumento donde se recortan unas cabras montesas sobre riscos de granito, descubro que han instalado cuatro nuevas y algo desconcertantes esculturas. Con los encargos en la mano, me paro un buen rato para contemplarlas.
La característica esencial de estas nuevas obras se centra en que están configuradas a partir de piezas de materiales que se utilizaban tradicionalmente en las labores agrícolas; ruedas de carros, piezas de arados, hoces, martillos, hachas…. Todo sirve para componer estas esculturas que son fruto del ensamblaje de unas piezas viejas y ya inútiles.
El material, oxidado por el desuso continuado, añade a las esculturas esos tonos ocres, rojizos y anaranjados que las enriquecen aportándolas una textura especial y las obras me hacen reflexionar sobre la metamorfosis de estos materiales, inservibles, que cobran sin embargo, nueva vida a través de las manos del escultor que consigue transformar lo ya inerte, en sugerentes figuras y formas. Miradas así, estas esculturas tienen algo mágico y milagroso cuando se descubre que la “chatarra” que las constituye desaparece y adquiere el valor de lo telúrico, de lo profundo, de la fuerza de aquellos rudos labriegos que las utilizaron como sencillas herramientas de trabajo.
Aunque el tiempo sigue encapotado, ha dejado de llover, lo que me permite seguir observando las esculturas durante un rato más. Intuyo que tres de ellas constituyen una especie de talismán utilizado con esa idea legendaria y muy arraigada de protección lugares especiales. Contemplo, con sus enormes alas, la diosa de la fertilidad de los campos que parece auspiciar con su presencia las buenas cosechas de esta tierra feraz.
También observo la esfinge, ese animal mitad mujer, mitad león,que los egipcios colocaban ante los templos o las tumbas para custodiarlos. Así mismo aparece un personaje gigantesco que, con sus brazos abiertos, como Moisés frente al mar Rojo, pretende preservar los bosques de robles y enebros y defender al pueblo de tormentas y otras amenazas; es “el guardián de la sierra”.
La cuarta obra de este conjunto es una escultura más pequeña, menos figurativa y por lo tanto más abstracta. A primera vista sorprende por los pocos elementos que la forman. De una base cuadrangular surgen como dos flechas desiguales que giran en sentidos opuestos en torno a una rueda incompleta de carro o de bicicleta a la que le faltan algunos radios. Parece que espera un soplo del viento de la sierra o cualquiera de esas brisas veraniegas para que gire la rueda inacabada en cualquiera de las direcciones que marcan esas flechas que no son sino zachoscorroídos por el tiempo y el olvido.
Estas imágenes se convierten, al menos para mí, en una meditación sobre la esencia y los fundamentos de nuestra tierra, sobre el mundo de nuestros abuelos y sobre un futuro que, como el material de estas obras, tiene que transformar la realidad sin excluir los orígenes y las raíces de donde procedemos.
La sierra, a mis espaldas, sigue oscura y amenazante; está tan pegada al pueblo que parece que en cualquier momento va a invadir su sosegado territorio. Abajo, la garganta del Vadillo ruge ahora por la lluvia que no ha cesado desde hace dos semanas.
Con mis bolsas de pimentón vuelvo al coche, sintiendo de nuevo el frío de este extraño y húmedo mes de marzo, mientras mi cabeza sigue intentando descifrar el misterio de esa “rueda inacabada”.
