«Raíces históricas de la comarca de la Vera», un artículo de Juan Antonio Paniagua

¿De dónde procede el nombre de La Vera? ¿Cómo se fue construyendo la identidad de esta comarca a lo largo de los siglos? Juan Antonio Paniagua recorre sus orígenes, desde la huella de los vetones y el enigma de su topónimo hasta el papel decisivo que desempeñó la fundación de Plasencia en el siglo XII. Un viaje por la historia de un territorio que ha sabido conservar una personalidad propia al abrigo de la sierra de Gredos.


El origen del nombre de la comarca de la Vera no está claro. Gabriel Azedo de la Berrueza sostuvo en su Amenidades, florestas y recreos de la provincia de la Vera, Alta y Baja de Extremadura (1667) que «veratos o veteratos» y «vetones» eran sinónimos.

Esta misma tesis parece compartirla M. Sayáns Castaño en Artes y pueblos primitivos de la Alta Extremadura (1957), así como los arquitectos Rafael Chanes y Ximena Vicente en Arquitectura popular de la Vera (1973). Julio Caro Baroja —antropólogo e historiador, una de las figuras más influyentes del siglo XX en el estudio de la cultura y las tradiciones populares españolas— se inclina, en cambio, en Ritos y Mitos Equívocos (1989), por el origen «a la vera de Plasencia».

Ambas hipótesis resultan sugerentes: la primera, por su carácter evocador, casi legendario; la segunda, por estar respaldada por un modelo toponímico que se repite en distintos lugares de la geografía española, donde la asociación entre un territorio y una ciudad de referencia —«a la vera de»— constituye una fórmula frecuente.

De lo que no cabe duda, en cambio, es de que la comarca de la Vera perteneció al área cultural vetona, uno de los pueblos prerromanos que ocuparon buena parte de la actual Extremadura y el occidente de la Meseta. El médico Luis de Toro ya recogía esta idea en su Descripción de la ciudad y obispado de Plasencia (1573). A ello se suma una prueba arqueológica de peso: las conocidas esculturas zoomórficas de los llamados «verracos» —figuras de granito que representan toros o cerdos, características precisamente de la cultura vetona—, halladas en distintos puntos de la comarca.

La romanización, en cambio, apenas dejó huella. Se trataba de una comarca agreste, de sierra y de escaso valor estratégico para las legiones romanas, más interesadas en las llanuras y las vías de comunicación

La fundación de Plasencia

Igual de incierta resulta la llegada del cristianismo a tierras veratas durante los primeros siglos: no existen documentos ni indicios concluyentes, aunque algunos autores sostienen que pudo introducirse desde el sur de la península. Lo que sí recogen diversos relatos posteriores es la llegada de cristianos que
huían de la invasión musulmana del año 711, como sostiene J. Sandín Blázquez en Leyendas extremeñas (1992) —una tradición de refugio en las sierras que, con los siglos, se convertiría casi en seña de identidad de la comarca.

Será con la fundación de Plasencia por Alfonso VIII de Castilla en 1186, y la posterior repoblación llevada a cabo por gentes procedentes de los reinos de León y Castilla, cuando la comarca comenzó a adquirir una personalidad propia. A ello contribuyeron dos hechos decisivos: la concesión del Fuero y del
Privilegio Fundacional, y la creación del Obispado por el papa Clemente III en 1189.

Como señala Elisa Carolina de Santos Canalejo, historiadora medievalista española, en El siglo XV en Plasencia y su tierra (1981), Alfonso VIII otorgó a los nuevos colonos lotes de tierra en propiedad y derechos de aprovechamiento sobre los pastos comunales, medidas que sentaron las bases de un sólido
desarrollo económico en los siglos siguientes.

Paralelamente, la creación de la diócesis impulsó un notable crecimiento urbanístico: no es casualidad que, al margen de los asentamientos anteriores y de la orografía del terreno, los templos parroquiales y las plazas mayores desempeñaran un papel fundamental en la configuración de los pueblos veratos, como puede comprobarse en Arte religioso en la Vera de Plasencia (1975), de Domingo Montero Aparicio, historiador de arte e investigador.

Ese proceso de construcción de una identidad común, sin embargo, se quebró con la aparición de los regímenes señoriales. Es un tema controvertido, porque no todos los pueblos corrieron la misma suerte: algunos se beneficiaron de grandes inversiones, mientras que otros quedaron sometidos a una suerte de esclavitud feudal. Los que dependían directamente de la Corona, por su parte, siguieron trayectorias muy diversas, ajenas a ambos extremos.

Encuestas e interrogatorios

Ya en el siglo XVIII, dos grandes encuestas —el Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura y la promovida por el geógrafo real Tomás López de Vargas Machuca— ofrecen una extraordinaria radiografía de la vida cotidiana de los pueblos veratos.

El Interrogatorio se elaboró cuando se creó la Real Audiencia de Extremadura en 1790, con sede en Cáceres. Para conocer el territorio sobre el que iba a ejercer jurisdicción, se elaboró un Interrogatorio compuesto por 57 preguntas que debían contestar párrocos, ayuntamientos y personas particulares de los
pueblos de cada partido de la provincia de Extremadura. No era solo un censo demográfico: cubría gobierno, justicia, economía, agricultura, religión y educación, entre otros aspectos de la vida cotidiana de cada pueblo — lo que lo convierte en una fuente muy rica para reconstruir el día a día de la Vera de
finales del Antiguo Régimen.

La documentación recogida dio lugar a una obra en 11 volúmenes, titulada Interrogatorio de la Real Audiencia. Extremadura a finales de los tiempos modernos, editada por Gonzalo Barrientos Alfageme y Miguel Rodríguez Cancho para la Asamblea de Extremadura, y los originales se conservan hoy en el Archivo Histórico Provincial de Cáceres.

El diccionario que impulsó el geógrafo real Tomás López de Vargas Machuca (enviado a los pueblos de Extremadura entre la década de 1780 y 1790) ofrece un enfoque muy distinto. Mientras que la Audiencia buscaba un análisis completo de la vida de los pueblos, Tomás López tenía un objetivo científico y
geográfico. Para lograrlo, envió un cuestionario de 15 preguntas a los párrocos y vicarios locales.

En general, los párrocos describen huertas ricas en frutas, castañas, higos y lino. Sin embargo, mencionan de forma muy específica el cultivo de los pimientos para moler, que los vecinos secaban en los hogares. Se registra la abundancia de moreras en los términos de la comarca, señalando que la cría del gusano de seda era una de las principales industrias domésticas de la comarca de La Vera entre los siglos XVI y XVIII. La materia prima se vendía a las fábricas de Toledo o Béjar.

Una tercera, más limitada, es la que llevó a cabo el Ateneo de Madrid en 1901, y que años más tarde analizaría Javier Marcos Arévalo, un destacado antropólogo, investigador y profesor de la Universidad de Extremadura, en su conocida obra Nacer, vivir y morir en Extremadura. Creencias y prácticas en
torno al ciclo de la vida a principios de siglo (1997).

Dentro de los datos recopilados e interpretados por el autor, la comarca de La Vera aparece mencionada de manera recurrente para ilustrar ritos específicos relacionados con el noviazgo, el matrimonio y, de forma muy marcada, los funerarios.

La carretera entre Madrid y Plasencia, ya en el siglo XX, marcó el inicio de una nueva etapa de crecimiento y de apertura al exterior. Hoy, pese a los problemas de un mundo rural en continua transformación, la Vera conserva una fuerte personalidad histórica y un futuro esperanzador como territorio privilegiado a la falda de Gredos.

Un artículo del escritor losareño Juan Antonio Paniagua Paniagua autor, entre otras obras, de Homínidos filósofos. El Homo sapiens desorientado en la caverna de Platón.

Imagen de portada: generada con inteligencia artificial.

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